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CAMPUS por adrián campillay

Por adrian campillay - 9 de Mayo, 2006, 16:12, Categoría: SOBRE JOSE CAMPUS

campus...

Estoy / aquí / repetido en lucha innecesaria para morir. / De nuevo / este verso mío / este canto mío. J.Campus

Es posible que, un enfoque académico —orientado al análisis de la sintaxis y demás aspectos a los que podríamos llamar técnicos—, arrojarían una muy rica variedad de ideas alrededor de la obra de José Campus. Sin embargo, un enfoque de este tipo, o que privilegiara estos aspectos —por tentadora que fuera su riqueza—, podría no dejar en claro las verdaderas razones de una de las obras más particulares y ricas de la poesía argentina.

En Campus se da esa rara comunión entre vida y arte, en la que la voz del poeta es su propio cuerpo, materia e idea, en idéntica soledad. Lugar en donde la poesía el cuento el teatro o la simple conversación encuentran la desesperada excusa para expresar a un hombre atrapado en su propio misterio, vasto y particular. Tal es la sensación que da tanto en presencia como en su escritura. Su forma, tema e intención se encuentran en el hombre (cuerpo, materia que se acaba, ¡o como lo quieran llamar!) y superan de ese modo: a la literatura en términos formales o bajo la lupa de lo estético. Su diferencia no es sólo de forma sino de fondo, es una diferencia no sólo de perspectiva sino de ubicación vital; la búsqueda de algo nuevo para el arte pero que consiste en encontrar algo nuevo y funcional para la vida misma. No es casual, que se haya acercado a la política (o mejor dicho: a la militancia política), a la religión (incluso quiso inventar una), a la adivinación (quería saber: cómo sería la poesía del futuro), ni que las haya abandonado, "como a todo lo superfluo", según sus propias palabras. Como tampoco es casual la síntesis, de la que se hace referencia a su obra, se habla; ella también tiene su razón más allá de la forma, siendo en sí un medio y no un fin.

Fue a mediados de la década del cincuenta cuando la idea de la síntesis asaltó los pensamientos del autor de Quiero, el que no fue publicado sino hasta 1962. Los tranvías de las grandes ciudades, en donde la gente leía apresurada libros de bolsillo, el giro estilístico del diseño industrial —más lineal y sencillo— y el advenimiento de una época en la que ha habido cada vez menos tiempo —y sobre todo libertad— para reflexionar alimentó la idea de un texto corto, en el que pudiera transmitirse de modo efectivo un mensaje, un mensaje que venía a cambiar al mundo pero no quería estar desprovisto de belleza ni misterio; entendiendo al artista como algo más que un constructor de lenguajes le exige: vivir como tal, asumiendo la responsabilidad de ser esa voz que en el fondo e incluso más allá de la propia voluntad, habla por todos los hombres.

Si nos remitimos a la historia de la literatura nacional, lo que se llama poesía argentina contemporánea se inició allá por la década del 20. Lugones marca el camino que seguirán y luego —cada uno a su manera— ampliarán poetas como Valdomero F. Moreno, Evaristo Carriego y Alfonsina Storni. De alguna manera ellos prepararon el terreno que más tarde sembrarían Marechal, Girondo, Tuñón, Fijman, Olivari (y en San Juan Campus) entre otros. La larga disputa entre noe-románticos y vanguardistas (entre ellos los presos del surrealismo local) no lograba alojar a numerosos poetas que, hechos en sus propios modelos, reflejaban aspectos de la realidad no contemplados por una u otra estética. José Campus, bien puede ser considerado uno de ellos; más allá del aislamiento que significaba (y por cierto sigue significando) ser un poeta de provincia y vivir en ella. Como Tuñón, como Gelman (por tomar dos referentes muy conocidos) y a diferencia de otros artistas preocupados por la realidad social y política, supo siempre que la poesía está en la vida, en las calles, en el cuerpo y que esta, para expresarse, se convierte en palabra.

En su producción, lo que llamamos el contenido social se revela por medio de un lirismo poco común; los aspectos folclóricos, tan comunes en la poesía sanjuanina y que a mi entender responden a una retórica (inconsciente o no) conectada con el pasado y su preservación, desaparecen por completo. Hay muy pocas referencias geográficas o temporales en el sentido histórico y cuando las hay, aparecen casi siempre insinuadas, desprovistas de sus nombres propios. Cabe señalar la incorporación de un lenguaje que sin dejar de ser local se aleja diametral y muy particularmente de lo folclórico, rescatando de lo sanjuanino la musicalidad y no el léxico. Su referencia es cuando no urbana en el sentido universal, un sitio en la geografía del alma. En ese sentido, sus textos parecen estar pensados para ser leídos en cualquier tiempo y lugar humanos, con lo que su pretensión es grande y por cierto bien encaminada a su conclusión.

Ya desde sus primeros libros intenta alejarse de la metáfora tradicional, como de otros items comunes en poesía. Sin embargo, la totalidad de su obra podría ser considerada una metáfora de la condición humana. Con todo, ese mismo enfoque existencial se compromete con la historia política latinoamericana en "Ayer fue tiempo" (de gran extensión, comparado con el resto de su producción); en él se cuenta la historia de la conquista de América, remontándola a nuestros días en donde "ya hay baldíos / llenándose de latas / y de pájaros muertos". Demuestra así que su síntesis no busca acortar el tiempo literario, el tiempo de lectura, sino el camino hacia un concepto; en tanto pretende dar claridad más que restar espacio.

Ya se trate de poesía, cuento o sus textos dramáticos: música y libertad están emparentados. Por otro lado sus direcciones son en gran parte visuales, pero visuales en el sentido teatral; los movimientos y ubicaciones en la página acompañan a los significados creando una atmósfera a la que podríamos llamar global de los sentidos. Convierte a la forma en una materia prima maleable, en incesante búsqueda de belleza y comprensión, de ahí la simpleza —por momentos abrumadora— y siempre sólo aparente. Donde hay una lejanía aparece un espacio en blanco que es algo más que una pausa para la respiración, lo que perfectamente podría lograr una coma o cualquier otro signo casi completamente obviado en su obra poética. Es lo que llamaría un espacio reflexivo y una oportunidad de aporte para el lector. Despreocupado por los géneros y cansado de los muchos y equivocados encasillamientos a los que ha sido sometida su producción, ha llamado a todos sus escritos "textos" y en su último libro (no sin cierta ironía): "apuntes", lo que además revela su idea de que le son dictados.

En su obra encontramos la libertad de quien ha conseguido su oficio. Pero en el José real, en el de carne y hueso, a los 73 años nada parece estar concluido; sus preocupaciones son las mismas e incluso, se han acrecentado y renovado con el tiempo. Sus visiones acerca de la escritura o la literatura en general se alejan cada vez más de lo intelectual para adentrarse en lo mágico. El pasado se vuelve elemento doloroso por su constante repetición. Tal vez por ello ha estado y sigue estando más cerca de las nuevas generaciones que de la suya propia, cuando se lo conoce se piensa en un joven al que le ha sido dada una experiencia que supera sus años "no insistas / veterana costumbre./ hoy /ya no tiene importancia / tu persistente asistencia./ aún / estoy de pie", dice –a modo de prólogo- en su último libro. Es ante todo un creador, artista de gran sensibilidad y aguda intuición, que aún en su por demás justificada desconfianza, continua, insiste en la utopía de "inventar al hombre". Para terminar, cabría dar un vistazo a nuestro alrededor y descubrir que "a veces / por allí / anda campus / dando vueltas / mitad sol / mitad luna / transitando en soledad / demasiado pobre / demasiado poco / entre arañas / entre sombras / y / todo lo demás. / por allí anda campus / entre cuatro paredes / dando vueltas / de plaza en plaza / predicando.

Adrián Campillay

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